Hortera, la mujer rota

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He decidido salir a respirar el olor del verano. Un negro alto, vestido con un impermeable azul eléctrico y cubierto con un gorro gris, barría indolentemente la acera: antes, era un argelino color gris oscuro. En el bulevar Edgar-Quinet me he unido al bullicio de las mujeres. Como ya casi no salgo por la mañana, el mercado me parecía exótico (tantos mercados por la mañana, bajo tantos cielos). Una viejecita renqueaba de una carnicería a otra con sus mechones tirados hacia atrás, apretando el asa de su bolsa vacía. En otros tiempos no me inquietaba por los ancianos; los tomaba por muertos cuyas piernas aún caminan; ahora los veo: hombres, mujeres, apenas un poco más viejos que yo. A ésta ya la había observado el día en que había pedido sobras para sus gatos al carnicero << ¡ Para sus gatos! – dijo cuando ella salió- . No tiene gato. ¡ Va a cocinarse uno de esos guisotes!>> Al carnicero le parecía divertido. Luego recogería los desperdicios bajo las tablas de la carne antes de que el enorme negro hubiera barrido todo a la alcantarilla. Sobrevivir con ciento ochenta francos por mes: hay más de un millón en ese mismo caso; y otros tres millones apenas menos necesitados.

He comprado frutas, flores, he callejeado. Jubilarse, suena un poco como ser tirado al canasto; la palabra me helaba. La extensión de mis ocios me horrorizaba. Estaba equivocada. El tiempo me queda un poco holgado de hombros, pero me las arreglo. ¡ Y qué placer vivir sin consigna, sin apremio! En ocasiones, a pesar de todo, el estupor me gana. Me acuerdo de mi primer puesto, mi primera clase, las hojas muertas que crujían bajo mis pies en otoño provinciano. Entonces el día de la jubilación -que un lapso dos veces tan largo, o casi, como mi vida anterior separaba de mí- me parecía irreal como la muerte misma. Y he aquí hace un año que ha llegado. He cruzado otras líneas, pero más imprecisas. Ésta tiene la rigidez de una trampa de hierro”.

De Beauvoir, Simone: La mujer Rota.  (http://www.actiweb.es/psicohrl/archivo4.pdf)

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